21 de mayo de 2009

Paradojas desde el primer mundo


La horrible ciudad de Quebec, el corazón francés en América

Anoche tuve la oportunidad de platicar con una amiga muy querida que radica en Québec, Canadá. Me platicaba del primer mundo, de cómo la vida es muy distinta a la de México. De cómo en las calles los homosexuales pueden besarse y tomarse de la mano como si nada, como cualquier pareja, porque pueden casarse con todas las de las leyes.

Me dice Alicia que las latinas allá son más que cotizadas: “es lo in”, pese a las bellezas tradicionales que se ven en mujeres afrancesadas y que nos tirarían con sólo una mirada (ah, perdón: esas son las geishas).

Algo que quizás aventajemos en México, es que existen los Oxxos --algo que Alicia dice extrañar-- para nuestra fortuna consuetudinaria al alipuz, donde los tragos están a cualquier hora del día, y las entradas a los bares pueden ser a cualquier hora. En Québec no: todos parejos se van a las 3 de la mañana, y no venden alcohol después de las 11 de la noche en ningún lado.

Tomar tequila allá es un lujo. Una cerveza que conocemos aquí como “una media”, de la Corona, se cotiza allá en el equivalente a 80 pesos, cuando en promedio aquí vale 20. Aquí los tequilas se venden en cualquier tienda, ya sea chafa o no; en Québec sólo se vende una marca local, y para variarle hay que comprar en los Estados Unidos… “Aún así la gente se empeda; en invierno con nieve y todo, la gente sale a empedarse”, recalca Alicia.

Tal y como lo había dado a conocer Michael Moore en “Bowling for Columbine”, la seguridad en Canadá es pasmosa. La gente no usa cerrojos en sus puertas, no tienen protección las ventanas.

Más que la seguridad, es la cultura de la gente de no fastidiar al prójimo; su ambiente frío se refleja en su personalidad. Nadie se mete con nadie, y todo mundo anda feliz, inclusive fumando mota, que allá, me dice Alicia, es normal ver en la calle a la gente dándose sus toquecitos con la cola del borrego.

Eso sí, está prohibida la venta, pero si te ven en la calle fumando, ni quien te diga nada, porque tampoco los adictos se meten contigo.

Qué ironía: allá la consumen como si nada, felices; aquí la producimos y vivimos los balazos, enterramos a los muertos.

Si cruzas la calle en un lugar que no sea esquina, te multan como mal peatón. Haces tu respectiva fila para subir al bus que tiene su estricto horario para pasar, y la gente es muy respetuosa. Para no andar ahí rascándole al sencillo, compras una tarjeta con chip que te da viajes ilimitados mensuales, tanto en el camión como en el metro.

Y así me dice de maravillas del primer mundo, de lo antigua y cara que es la ciudad de Montreal. Que allá, en esa parte del mundo, hablar inglés es como para los apestados, porque el francés es lo superior, y de ahí prefieren el español. En Toronto: es más agringado y ultramoderno. Acá nos inculcan el inglés a fuerza, porque si no dejas de ser un triunfador en la vida.

Que la educación y la salud allá es prioridad del gobierno. Todo lo cubre el estado canadiense perfectamente.

Acá tenemos a Elba Esther enseñando chichi y una influenza que bautizan a cada rato.

1 comentario:

mariela dijo...

con todo lo bueno o malo como México no hay dos